domingo, 27 de enero de 2013

GRABANDO MONARCA 1: MI DOMINGO DE DESCANSO ...



2013-1-27

EN EL DF GRABANDO _CdM: MI DOMINGO DE DESCANSO

Fue un día maratónico ayer: unas intensas ocho horas de trabajo haciendo toda la edición de toda la música que hemos grabado en los cuatro días anteriores: ocho de las nueve piezas de este primer disco de Canto de la Monarca. Excepto una hora y tantito para comer y tomar un café, seguimos hasta casi las diez de la noche, Kenji y yo, porque sentimos que andábamos bien de pila.  Además yo quisiera mucho tener el día de hoy para descansar oído, alma, mente y cuerpo antes del empuje final de grabar Griffin este lunes 28. 
Y ¡LO HICIMOS!  Así que hoy pude tener mi domingo de descanso aquí en lo que es, al menos temporalmente, mi colonia aquí.

Todas las mañanas salgo del soleado depto de mi amiga B*** aquí en la Colonia del Valle y voy de caminata rápida al Parque Tlacoquemécatl.  Cabe mencionar: estoy muy orgullosa: me cuesta mucho trabajo que se me peguen esas palabras náhuatl y en este caso han sido unos cinco años hasta que por fin se me pega este Post-it.

Llevo una semana aquí y ahora veo muchas de las mismas personas cada mañana que salgo.  Como es de esperar, los domingo hay mucha más gente.  Igual como el domingo pasado y como ayer, sábado, la cancha de baloncesto está bulliciosa con una partida. Puros hombres, todos bien altos, al menos para mexicanos, y bien fornidos, parecen en bastante buena condición. 

Como muchos parques aquí y en Europa, éste es cuadrada y atravesado por varias caminitos al diagonal.  Los dos lados más cortos miden una cuadra cada uno y los lados largos, dos.  Entonces, el parque es bastante grande y muy verde.  Todos los días hay gente allí trabajando: barriendo, podando, atendiendo a las plantas.  ¿Será que la delegación paga este trabajo?  De ser así, ¡qué hermoso!

A un lado, pero todavía dentro del parque, hay una pequeña iglesia.  Los jueves, un tianguis; los sábados y domingos varios vendedores ponen sus puestitos.  Entre ellos hay una señora que hace punto.  Cuando estuve aquí en noviembre antes de salir a La Habana, vi sus suéteres y de repente me dije, Ay, qué bonito será tener un chaleco de punto cuando grabemos en enero! Así que, totalmente de impulso, me acerco y platicamos y la encargo un chaleco de punto, con todo y unas trencitas y botones para que sea bien calientito, en un color amatista oscura, casi púrpura, color uva.  Quedamos en que volvería justo después de los Reyes para recogerlo.  ¡Sonsa de mí!  No me di cuenta de lo agobiada que terminaría el año, no preví que en los hechos sería hasta el 19 que regresaría al DF.  ¡Y aunque sí acordamos un precio –un muy razonable 450 pesos-- tampoco le había dejado un anticipo, la pobre!  Esa primera mañana, hace una semana, fui de caminata y la busque.  Allí estaba.  Reestablecimos contacto ¡y hoy recogí mi hermoso chalequito!  Que de hecho llevo puesto al escribir estas líneas.

Hay áreas sin plantar, enmarcadas por los arbustos (¿boxwood?), en que hay mesas de concreto color rojo oscuro con tablas de ajedrez empotratadas o pintadas.  Hasta la fecha no he visto a nadie jugando a ajedrez.  Pero tres días seguidos, he visto a una señora que a distancia parece ser de mediana edad, con su perrito French poodle amablemente sentado frente a ella.  En sus manos sostiene un libro, de manera que se ve como si estuviera leyendo al perro.  El perro tiene el aspecto tan atento que podría ser. 

Ver a los perros es uno de mis principales placeres durante mis rápidos circuitos al Parque Tlacoquemécatl.  Muchos de ellos son de tamaño pequeño a mediano y algo rechonchos, como es de esperar para perros urbanos que –me imagino— pasan gran parte de su día en un departamento.   Pero también he visto a algunos más grandes: el otro día un Setter irlandés que fue la viva imagen de alegría y emoción, todo orejas y cola locamente aleteando, de un color Borgoño, corriendo de un lado para otro.  Me hace sonreír porque por feliz y emocionada que esté de estar aquí por fin grabando esta música, de estar aquí viviendo temporalmente en esta perla de ciudad –y en tan linda colonia como la del Valle—sí que extraño a mis dos princesas Azabacha y Estrella. 
Cuando pasé con la señora del punto la llevé una agarrador de unos que tiene B**, súper prácticos y de bonitos colores alegres; se están deshaciendo, y se me ocurrió que la señora podría copiarlos.  No, dice, estos son de gancho y yo no hago mucho de eso, pero mi compañera aquí al lado lo hace muy bien; a ver qué dice.  Total que quedamos en cuatro de esos agarradores –dos para B** y otros dos para mí—¡y esta vez sí que dejé anticipo!  A esta señora del gancho la acompaña su perro, un cachorro de unos diez meses, cruz entre Labrador negro y Malinois que tanto me recordó a Azabacha que me hizo reír a voz alta. 
Mil, mil veces prefiero grabar así, quedarme en casa de una amiga –sobre todo una tan bienamada y respetada como B**-- que estar en algún hotel.  Sentirme parte de un barrio, con la vida de la mujer humana y normal que soy. 
Pues eso: mi día de descanso.  Al rato me pongo a estudiar la partitura de la formidable pieza de Charles Griffin, like water dashed from flowers  (como agua arrojada de flores).  Me supongo que en pocas palabras se le puede describir como una fantasía sobre La Sandunga; pero  tamaña descripción no haría justicia a esta pieza, igual como el llamarla una toccata a El sueño … el vuelo de Silvia Berg tampoco lo haría.  No dura mucho: queda perfectamente dentro de los ocho minutos que pedí a los compositores Monarca.  Pero de alguna manera juro que a veces casi parece tener dimensiones sinfónicas.  Y no por estar atiborrada de demasiadas cosas, como a menudo suelen ser obras de compositores muy jóvenes ansiosos por mostrar su dominio de técnicas compositivas.  No, es porque simplemente la escritura es muy densa.  En un sentido sí que es programática esta música --cuenta una historia básica, la del amor rechazada –en otro sentido es igual de abstracta como una sonata de Beethoven.  Y a veces casi igual de demandante técnicamente.  También tiene esto en común con Beethoven: que Charlie Griffin sabe cómo acrecentar y acrecentar la tensión en términos tanto rítmicos cuanto armónicos, hasta que llega el inevitable estallido.  Por eso el principal reto de esta obra es calibrar muy bien su desarrollo, estar muy consciente de su arquitectura: si no, en lugar de ser catártica para el escucha, puede resulta agobiante.
Terminados la Semana Monarca del Cervantino y el concierto de Aguascalientes, sentí que sólo quisiera tocar fue Schubert, los Impromptus Op 90.  Decidí volver a poner en dedos los primeros dos y terminar de memorizar III y IV y las incorporé en mi régimen al piano.  El impulso fue algo así como el deseo de regresar a los brazos de un amante muy amado y extrañado; tan terriblemente fuerte que fue hasta después que me pregunté porqué.    Al hacerlo, me di cuenta de que –aparte de el profundo cariño que tengo a Schubert- la historia de amor rechazada y decepcionada es la misma que (según yo) cuentan estos cuatro Impromptus, sobre todo el segundo: better to have loved and lost than never to have loved at all – mejor haber amado y perdido que nunca haber siquiera amado. Bueno, más de eso en otro momento …
… ¡porque mañana grabamos Griffin!

Cuando regresé de la caminata matutina B**  indagó tantito ese parque en Internet.  Resulta que el terreno que se convirtió en parque en 1958, creo que por el gobierno federal,  antiguamente formó parte de una hacienda.  A la capilla al centro, si bien se lo ha hecho varias remodelaciones, le fechan al S.XVI, ¡qué cosa!



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